EN MI MENTE NUNCA HAY SILENCIO

Diego Moreno

del 7 de novembre al 15 de desembre de 2020

ORDALÍAS DE LA MEMORIA Y DE LA LUZ

 

La poesía empieza cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba pero aún tienes miedo.

 

Benjamín Prado

 

I

Un monstruo es un ser de apariencia temible por ser dueño de alguna anomalía, por poseer algún defecto que rompe el orden natural. Como Polifemo, quien por tener solo un ojo en medio de la frente fue llamado cíclope, el monstruo de un solo ojo. Esta es una definición que cualquier diccionario puede regalarnos, pero, para este que mira, un monstruo es mucho más. Un monstruo puede ser un descuido de la luz, algo que vemos de reojo, un invento, un truco que nuestra memoria, rebelde y transgresora, conserva como prueba de que no todo es perfecto. Una mancha. Una grieta.

Miro las piezas que conforman la serie En mi mente nunca hay silencio y miro así lo cotidiano, aquello que ocurre siempre, que pasa por lo regular, que diario vemos, aquello que se espera sin sorpresa. El ruido de los trenes que nuestro oído ha dejado de percibir, la salida del sol cada mañana a veces más temprano, las nubes que anuncian la lluvia de la tarde, la lluvia que a veces no llega o a veces se convierte en inundación y no nos deja llegar a casa. La abuela acomodando los trastes en la cocina, el hombre que visita la peluquería, el niño que arrastra un carrito rojo, el silencio de una calle vacía. La gente que se casa, o que un domingo corre presurosa a misa. Un paisaje con la luna de fondo. El pan de cada día.

Sí, miro las piezas, pero tengo que volverlas a mirar: en medio del hechizo de lo cotidiano, al lado de la abuela, en la silla del peluquero, en el carrito rojo del niño, en medio de una calle oscura y vacía, aparece, silencioso, pero contundente, un monstruo. Y entonces me detengo a sacudir el escalofrío.

Diego Moreno, nacido en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, (México), es un fotógrafo tenaz y desinhibido que logra captar en su obra todo aquello que le inquieta y recuerda, aquello que sueña, lo acompaña y lo atormenta. Para esta serie, Diego retrata enormes monstruos: Los Panzudos Mercedarios.[1]

Miro de nuevo las piezas conforman la serie En mi mente nunca hay silencio y miro entonces al autor girando, bajo sus pies jadea la tierra finita que levanta la danza de los panzudos. El polvo se le enreda en las piernas, veo sus tobillos adornados con cascabeles, él danza y construye poco a poco su cuerpo enorme, lo sostiene, sostiene y equilibra su cuerpo colorido, cubierto de coloridas flores. Tiene una máscara de payaso multiforme, de lobo de cabellera oleosa, una máscara hecha de todas las cosas indeseables del mundo. Él gira, tal vez a Dios se le olvide su cólera y transforme el corazón de los hombres pecadores en alabanza, y quizás este peregrinar conforme una ronda de paz entre el cielo y la tierra. El que danza, el que gira, el que retrata, lleva cintas de colores en las manos y con ellas atrapa el remolino de miradas, voces y pensamientos que lo señalan. Sacerdote, vampiro, niño, dueño de la luz, inconmensurable como el tamaño de sus pecados imaginarios, danza. Su danza implora piedad y amor.

II

Una ordalía es una prueba, una tortura a la que eran sometidos, en la edad media, los acusados, para probar su inocencia o culpabilidad. En todos los casos era una condena dolorosa, asociada al escarnio, la mutilación del cuerpo, al hierro candente sobre la piel… Así, para este que mira, la obra de Diego Moreno se convierte en una ordalía para la luz y la memoria. Una prueba de que el dolor es algo que se escapa a los filtros y efectos técnicos de una cámara fotográfica y se cuela, en una fotografía, cubriendo su cuerpo pecaminoso con las cortinas de la cocina. Como una cicatriz, como la marca que deja el fuego ardiente del dolor en la piel del que se descubre en sus memorias, diferente.

Hay dos elementos: la vista y la imaginación. A partir de estos, el fotógrafo establece su razón y pensamiento y logra dibujar las líneas del recuerdo. Todo llega, se enciende súbitamente, como un relámpago que ilumina de pronto la escena. Así, el artista convoca imágenes con los ojos sorprendidos por la luz, por la mezcla de elementos invisibles para llenar el laberinto de la memoria, como la noche y sus transformaciones en el día. Aparecen sombras en el resquicio de la imagen original y sucede que el retrato de la abuela amorosa frente al televisor, la fotografía de boda de los tíos, los tres años del sobrino que mira inocente a la oscuridad se llenan entonces de una presencia silenciosa, casi siempre enorme y siempre aterradora: El cuerpo del pecado.

Así pues, cierro este texto de presentación, confirmando que Diego Moreno, en el acto fotográfico ha encontrado una manera particular y propia de concebir el cuerpo, la vida, la religión, la cultura y los afectos humanos. Regalándonos con En mi mente nunca hay silencio la llave para entrar a un mundo en el que en cada rincón hay un claroscuro. Un lugar lleno de secretos, fantasmas y violencia, en el que parece que las pesadillas se materializan. La cicatriz de una ordalía de luz y memoria.

Moisés Ortega

Aguascalientes, Aguascalientes, México.

08 de octubre de 2020

 

 

[1] Desde hace 500 años, en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, cada 24 de septiembre, día de Nuestra Señora de La Merced se hace una peregrinación y cada familia construye su propio “Panzudo” que representa los pecados: cuantos más tenga una persona para expiar, más grande y feo será su atuendo.

Fotografies: La Grey 

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